"¿Por qué no venden skincare coreano? Esos sí funcionan."
Cada vez que escucho esta pregunta, algo se quiebra dentro de mí.
No porque la pregunta sea mala. Sino porque refleja algo mucho más profundo y doloroso: que en Chile no creemos en nosotros mismos. Que pensamos que todo lo que viene de afuera es mejor. Que solo valoramos lo nuestro cuando alguien más nos dice que vale la pena.
Hijas del campo que volvieron a la tierra
Hay algo en sucede en Chile que siempre me a incomodado. Chile es increíblemente bueno produciendo materias primas, pero terrible transformándolas en algo de valor.
Vendemos ingredientes, pero muy pocos productos terminados.
Y cuando alguien más toma nuestras materias primas, las transforma, y las vende de vuelta con una marca extranjera, recién ahí las valoramos.
Cuando creamos Nálbiko, hicimos una promesa: no íbamos a ser un eslabón más en esa cadena. Íbamos a usar ingredientes chilenos y transformarlos en productos que el mundo valorara. Productos hechos en Chile, con orgullo.
Aunque eso significara que fuera más difícil, más caro, más frustrante.
Septiembre en São Paulo: Cuando extraños ven lo que nosotros no
En septiembre de 2024 viajamos a In-Cosmetics Latam en São Paulo. Es la feria más importante de ingredientes cosméticos de Latinoamérica. Proveedores de todo el mundo mostrando lo último en innovación: activos de Corea, extractos de Japón, tecnología de Francia, ingredientes de Brasil.
Y nosotras buscábamos algo específico: activos que pudieran potenciar lo que ya teníamos. Ingredientes que conversaran con nuestra avellana chilena, nuestro matico, nuestro maqui.
Pero hubo un momento que me marcó profundamente.
Estábamos en el stand de un proveedor internacional del Reino Unido, explicando nuestro proyecto. Cuando mencionamos que usábamos aceite de avellana chilena y matico, los ojos del representante se iluminaron.
"Avellana chilena", dijo. "Ese aceite es increíble. Tiene un perfil de ácidos grasos excepcional. ¿Saben el potencial que tiene?"
Y empezó a contarnos sobre estudios, sobre propiedades, sobre el interés creciente en ingredientes sudamericanos únicos.
Este hombre, a miles de kilómetros de Chile, sin saber ni una palabra en españo, veía el valor de nuestros ingredientes más claramente que muchos chilenos.
Esa conversación me llenó de orgullo y me rompió el corazón al mismo tiempo.
El país que tiene casi todo y no lo sabe
Chile es uno de los países con mayor diversidad de climas y ecosistemas del mundo.
En un solo día puedes estar en el desierto más árido del planeta y terminar en bosques nativos milenarios. Tenemos glaciares, volcanes, bosques templados, costas interminables, la Patagonia, islas únicas.
Tenemos plantas endémicas que no existen en ningún otro lugar del mundo. Especies que evolucionaron durante millones de años en aislamiento geográfico, desarrollando propiedades únicas.
El matico, que usábamos ancestralmente para cicatrizar heridas. La avellana chilena, con su aceite de perfil nutricional excepcional. El maqui, con concentraciones de antioxidantes que superan a casi cualquier otra fruta.
Somos un tesoro botánico. Un laboratorio natural de ingredientes que el mundo de la cosmética apenas está comenzando a descubrir.
Y sin embargo, aquí en Chile, seguimos pensando que lo bueno viene de afuera.
La contradicción que me quita el sueño
Chile se ha posicionado internacionalmente como destino turístico precisamente por su naturaleza. La Patagonia chilena, el Desierto de Atacama, la Isla de Pascua, los bosques del sur.
Extranjeros vienen de todo el mundo a ver nuestra naturaleza. Pagan fortunas por experimentar lo que nosotros tenemos en nuestro propio patio.
Pero cuando se trata de productos hechos CON esa naturaleza, de repente no valen.
De repente, una crema francesa con aceite de argán es más deseable que una chilena con aceite de avellana nativa, aunque la avellana chilena tenga un perfil superior.
"Debería ser más barato si es chileno"
Esta frase me la han dicho más veces de las que puedo contar.
Y cada vez me dan ganas de llorar de frustración.
Porque revela una incomprensión profunda de lo que significa producir en Chile, a pequeña escala, con ingredientes endémicos.
Extraer aceite de avellana chilena de forma sostenible, con certificaciones, con trazabilidad... es CARO.
Cultivar y procesar matico de forma que mantenga sus propiedades... es CARO.
Producir lotes pequeños en Chile, cumpliendo todas las regulaciones (que son estrictas y necesarias)... es CARO.
Pero la gente asume que porque es "de acá" debería ser barato. Como si usar ingredientes chilenos fuera la opción fácil y económica.
Es exactamente lo opuesto.
Sería mucho más fácil y barato comprar ingredientes genéricos importados, producidos en masa, con proveedores establecidos. Poner una linda etiqueta y venderlo.
Pero ese no es el punto. Nunca lo fue.
El fenómeno Pedro Pascal
Chile tiene un problema cultural que va más allá de la cosmética: solo valoramos lo nuestro cuando triunfa afuera primero.
Mon Laferte tuvo que ganar un Latin Grammy para que en Chile la tomáramos en serio.
Pedro Pascal tuvo que conquistar Hollywood para que dejáramos de verlo solo como un actor mas.
Isabel Allende tuvo que ser bestseller internacional antes de que la valoráramos como la escritora gigante que es.
El vino chileno tuvo que ganar premios internacionales antes de que dejáramos de pensar que el vino bueno era solo el francés.
Y así con todo. Deportistas, músicos, escritores, productos, marcas. Primero tienen que validarse afuera.
Como si no confiáramos en nuestro propio criterio. Como si necesitáramos que alguien más nos diga que algo vale la pena antes de creerlo.
¿Hasta cuándo vamos a seguir así?
El "chaqueteo" que nos mata
Hay una palabra chilena que no tiene traducción exacta: chaquetear.
Es cuando ves a alguien intentando algo, destacándose, creando algo... y en lugar de apoyarlo, lo criticas. Lo minimizas. Buscas la forma de ridiculizarlo.
"Seguro no es tan bueno como dice."
Es casi un deporte nacional. Y nos está matando.
Porque cuando alguien en tu comunidad está haciendo algo valioso, tienes dos opciones: apoyarlo o chaquetearlo.
Y demasiadas veces elegimos lo segundo.
Imagina si en lugar de eso, celebráramos cada intento. Cada emprendimiento. Cada producto chileno que alguien lanza con amor y esfuerzo.
Imagina si nuestra primera reacción fuera "qué bacán que alguien está intentando esto" en lugar de buscar razones para criticar.
Imagina el Chile que podríamos construir.
Lo que cuesta realmente crear en Chile
Déjame contarte lo que nadie ve detrás de un frasco de crema hecho en Chile con ingredientes chilenos:
Meses de investigación sobre propiedades de plantas nativas. Leer estudios científicos. Contactar universidades. Aprender sobre extracción sostenible.
Buscar proveedores de ingredientes endémicos, que son pocos y pequeños. Que no tienen las economías de escala de los gigantes internacionales.
Navegar regulaciones chilenas que, aunque necesarias, son complejas y costosas para marcas pequeñas.
Producir en lotes pequeños porque no tenemos el capital para producir en masa.
Y luego, competir en precio con marcas que importan todo hecho, que producen en paises como China volúmenes masivos, con márgenes que nosotros jamás tendremos.
No es justo. Pero tampoco se trata de justicia. Se trata de creer en algo más grande que la ganancia inmediata.
El sueño que no me deja dormir
A veces, en momentos de frustración, pienso: "Hubiera sido más fácil comprar algo afuera y venderlo acá."
Muchas marcas chilenas exitosas hacen exactamente eso. Y no las juzgo. Es un modelo que funciona.
Pero cada vez que considero esa opción, recuerdo por qué empezamos esto.
Recuerdo a mi abuela, que nunca pudo leer pero que sabía todo sobre las plantas del campo. Recuerdo a mi familia, trabajando la tierra durante décadas. Recuerdo que Chile merece más que ser solo proveedor de materias primas.
Y el sueño vuelve, tan fuerte como el primer día.
Que Nálbiko sea una prueba de que se puede. De que en Chile podemos crear productos de nivel mundial. De que nuestros ingredientes no son inferiores a los coreanos o franceses o japoneses. De que merecemos confiar en lo nuestro.
Que algún día, una niña chilena pueda decir con orgullo "uso productos chilenos" sin que nadie asuma que son de menor calidad.
Que algún día, Chile deje de ser solo el país del cobre y el vino, y sea también el país de la cosmética botánica de clase mundial.
Es un sueño enorme. Tal vez ridículamente ambicioso para una marca pequeña hecha por dos hermanas.
Pero los sueños ridículos son los únicos que valen la pena.
Una carta abierta a Chile
Chile, tengo que decirte algo.
Eres increíble. Tienes una naturaleza que el mundo envidia. Tienes personas talentosas, creativas, resilientes. Tienes historia, cultura, diversidad.
Pero tienes un problema: no crees en ti mismo.
Miras para afuera buscando validación. Asumes que lo importado es mejor. Chaqueteas a los tuyos.
El mundo SÍ está interesado en lo que tienes. Ese proveedor en São Paulo que se emocionó con la avellana chilena no es la excepción. Es cada vez más común.
El mundo busca ingredientes únicos, con historia, con trazabilidad, con propiedades que no se encuentran en otro lugar.
Tú los tienes. Los has tenido siempre.
Solo necesitas creer en ellos. En ti. En nosotros.
Para ti, que estás leyendo esto
Si de Chile y estás leyendo esto, te pido algo:
La próxima vez que veas un producto chileno, antes de asumir que es inferior, dale una oportunidad. Pregúntate si ese sesgo viene de experiencia real o de una creencia cultural que hemos heredado.
La próxima vez que alguien en tu comunidad esté intentando crear algo, antes de chaquetearlo, celebra el intento. Aunque no sea perfecto. Aunque no sea "tan bueno como lo de afuera". Es alguien intentando construir algo.
Y si puedes, elige lo chileno cuando sea una opción real. No por nacionalismo ciego, sino por una apuesta consciente en lo que podemos ser.
Porque cada vez que eliges un producto chileno hecho con amor y esfuerzo, estás votando por el Chile que quieres construir.
El 3 de marzo y la naturaleza que no vemos
El 3 de marzo es el Día Mundial de la Naturaleza. Un día para celebrar la biodiversidad, los ecosistemas únicos, las especies en peligro.
Pero yo quisiera que también fuera un día para reflexionar sobre cómo valoramos nuestra propia naturaleza.
No solo como postal turística. No solo como destino de aventura. Sino como fuente de recursos que podemos transformar con respeto, con conocimiento, con orgullo.
Nuestra naturaleza no solo merece ser visitada. Merece ser estudiada, aprovechada sosteniblemente, celebrada en productos que lleven su valor al mundo.
Y eso solo pasará cuando empecemos a creer que lo que tenemos es realmente valioso.
Por qué seguimos (aunque sea difícil)
Hay días donde es tentador rendirse. Donde la frustración de explicar una vez más por qué usamos avellana chilena en lugar de argán se siente agotadora.
Donde el comentario de "debería ser más barato" me hace querer gritar.
Pero entonces pasa algo que me recuerda por qué hacemos esto:
Una clienta nos escribe diciendo que se siente orgullosa de usar productos chilenos.
Alguien nos cuenta que no sabía que Chile tenía ingredientes tan potentes.
Una niña nos pregunta sobre el matico y quiere aprender más sobre plantas nativas.
Un proveedor internacional nos contacta interesado en nuestro enfoque.
Y ahí está la certeza de que estamos construyendo algo que importa.
No solo una marca. Sino una pequeña grieta en esa creencia de que lo chileno es menos. Una prueba de que se puede. Una invitación a otros a intentarlo también.
La invitación
No te pido que compres nuestros productos solo porque son chilenos. Esa no es una razón suficiente.
Te pido que le des una oportunidad real a lo chileno. Que cuestiones de dónde viene tu sesgo hacia lo importado. Que investigues qué hay detrás de los productos que eliges.
Te pido que celebres a quienes están intentando crear algo en Chile.
Y sobre todo, te pido que creas. En Chile. En lo nuestro. En lo que podemos construir juntos.
Porque tenemos todo. La naturaleza. El talento. Las ganas.
Solo nos falta confiar en nosotros mismos.