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Cuando la magia volvió a ser real: Por qué necesitamos dejarnos sorprender

El momento en que una pelota desafió la gravedad

El 31 de enero de 2026, Día Internacional del Mago, estaba sentada en el Teatro CEINA viendo cómo una pelotita roja flotaba en el aire.

No había hilos visibles. No había trucos evidentes. Solo una pelota suspendida en el espacio, desafiando todo lo que mi cerebro racional de 33 años sabe sobre física y gravedad.

Y por primera vez en mucho tiempo, dejé de intentar entenderlo.

Esa noche, en ese espectáculo llamado "Noche de Ilusionistas", cinco magos chilenos me recordaron algo que había olvidado en medio de planillas de Excel, formulaciones cosméticas y listas interminables de pendientes: que está bien no tener todo resuelto. Que está bien dejarse sorprender. Que lo más hermoso de la vida a menudo es lo que no podemos explicar ni controlar.

Cuando dejamos de creer

¿Recuerdas la última vez que algo te dejó sin palabras? ¿La última vez que tu cerebro simplemente se rindió y dijiste "no sé cómo es posible"?

Si eres como yo, probablemente hace tiempo que no te pasaba eso.

Porque ser adulta significa entenderlo todo. Significa tener un plan. Significa investigar, comparar, analizar. Significa que cuando algo no funciona, buscas respuestas, soluciones, explicaciones.

Significa que dejamos de creer en la magia porque necesitamos el "cómo".

Esa noche, sentada en el teatro, me di cuenta de cuánto tiempo llevaba viviendo así. Tratando de controlar cada variable. De predecir cada resultado. De tener todo calculado, planeado, explicado.

Y lo agotador que es vivir de esa forma.

Cinco magos y una lección sobre rendirse

El espectáculo presentó a cinco ilusionistas chilenos: Pedro Toledo, Rodolfo Maggini, Diddy King, Elías Risk y Emil. Cada uno con su estilo, su magia, su forma particular de hacer que lo imposible pareciera cotidiano.

Pero hubo un acto en particular que me sorprendió 

Pedro Toledo subió al escenario en completo silencio. Sin palabras, sin presentación elaborada, solo música. Y empezó a hacer que un objeto cobrara vida propia. Una pequeña pelotita roja que se movía con libertad por el escenario, siendo la protagonista y el mago solo su asistente 🪄🔴

(Este acto ganó el Campeonato Latinoamericano de Magia 2025 en la categoría manipulación. Y tiene sentido, porque lo que vi esa noche fue arte )

En ese momento, algo cambió. Dejé de intentar entender y simplemente... miré. Me permití asombrarme. Me permití volver a sentir esa emoción de niña que cree que la magia es real.

La obsesión adulta de controlarlo todo

Después de ver el show, pensé en todas las cosas que intento controlar en mi vida diaria.

En Nálbiko, llevamos más de un año intentando lanzar productos nuevos. Los hemos formulado, reformulado, probado, ajustado. Esperamos aprobaciones. Dependemos de tiempos que no manejamos. Y cada día que pasa sin lanzarlos, siento que "no estoy haciendo suficiente" o que "debería tener más control sobre el proceso".

Pero la verdad es que hay tantas cosas que no dependen de mí. De nosotras. Regulaciones que tardan meses. Proveedores con sus propios tiempos. Procesos que simplemente no se pueden acelerar sin arriesgar la calidad.

Y en mi vida personal es igual. Quiero saber exactamente cómo va a resultar cada decisión antes de tomarla. Necesito tener respuestas antes de hacer preguntas.

Es como si pasara toda mi vida tratando de descubrir el truco en lugar de disfrutar el espectáculo.

Lo que la gente que vio el show me enseñó

Una de las cosas más hermosas de ir a un espectáculo de magia es ver las caras de las personas cuando algo inexplicable sucede.

Esa noche vi a adultos comportarse como niños. Bocas abiertas. Gritos de asombro. Aplausos espontáneos. 

Y me di cuenta de algo: todos estábamos eligiendo creer, aunque sabíamos que eran trucos.

Nadie en esa sala pensaba que los magos tenían poderes sobrenaturales. Todos sabíamos, racionalmente, que había técnica, práctica, años de entrenamiento detrás de cada ilusión.

Pero elegimos suspender la incredulidad. Elegimos dejarnos sorprender. Elegimos, por dos horas, no necesitar las respuestas.

La ilusión de control

La mayor parte de las cosas que intentamos controlar en nuestra vida no están realmente bajo nuestro control.

No puedes controlar cuándo va a llegar esa oportunidad laboral que esperas.

No puedes controlar los tiempos de otras personas o instituciones

No puedes controlar si ese proyecto que tanto te ilusiona resulta exactamente como lo planeaste.

Lo único que puedes controlar es tu propia respuesta. Tu capacidad de asombrarte con lo que resulta, aunque no sea lo que esperabas.

Y a veces, lo que resulta es aún más hermoso que lo que habías planeado.

 

Volver a permitirte el asombro

Una de las cosas que más me gustó del acto de la pelotita roja 🪄🔴 es que era completamente silencioso. Sin explicaciones. Sin narración. Solo música y movimiento.

No había un "ahora van a ver algo increíble" ni un "prepárense para asombrarse". Simplemente pasaba, y tú decidías si vivir la experiencia o no.

Creo que la vida es así también.

Los momentos mágicos no vienen anunciados. No hay un narrador que te diga "presta atención ahora". Simplemente suceden, y depende de ti si estás presente o si estás demasiado ocupada intentando controlar lo siguiente.

El asombro requiere presencia. Requiere que dejes de lado, aunque sea por un momento, tu necesidad de entender, predecir, controlar.

Requiere que confíes en que algo genial puede suceder, incluso sin tu intervención.

Para ti, que lo controlas todo

Si eres como yo, si vives con listas interminables, si necesitas tener todo planeado, si te cuesta soltar aunque sea un poquito el control...

Te entiendo. Pero...

No tienes que tener todas las respuestas. No tienes que optimizar cada minuto. No tienes que predecir cada resultado.

Puedes dejarte sorprender. Puedes confiar en que algo hermoso puede suceder sin tu microgestión. Puedes permitirte momentos donde simplemente... no sabes, y está bien.

La magia que vi esa noche en el teatro no era solo sobre trucos o ilusiones. Era sobre la disposición de todos los presentes a creer, aunque fuera por dos horas, que algo extraordinario era posible.

 

Con asombro renovado, Kathy

Cuando la magia volvió a ser real: Por qué necesitamos dejarnos sorprender
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