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Un año sin ella: El día que el amor se llevó todo ❤️‍🩹

El 14 de febrero de 2025, mientras el mundo compraba flores y chocolates, mi abuela dejó de respirar.

Tenía 102 años. O tal vez más, porque nació en el campo cerca de Villarrica, en una época donde los niños se inscribían años después de nacer. Vivió tanto que enterró a seis de sus ocho hijos. Quedó viuda a los 35 con una niña de dos años, mi mamá. Nunca aprendió a leer ni a escribir.

Y aun así, o tal vez por eso mismo, me enseñó más sobre la vida que cualquier libro.

Ahora, a casi un año de su partida, sigo aprendiendo. Pero esta vez sobre algo que nadie te enseña en el colegio, en los libros de autoayuda, ni en los podcasts de bienestar: cómo "soltar" a alguien que fue parte fundamental de tu existencia.

La abuela que no era como las otras

Mi abuela, a quien todos llamaban Nanita, no fue la típica abuela.

No nos consentía con comida rica porque nunca aprendió a cocinar en cocina a gas, solo sabía usar la cocina a leña del campo. No nos pasaba plata a escondidas de nuestros papás porque nunca tuvo dinero. No nos leía historias porque las letras eran símbolos incomprensibles para ella.

Cuando venía a Santiago de visita, cuando éramos niñas, nos traía un "engañito", una artesanía, un queso de campo, algo simple que para nosotras valía más que cualquier juguete caro.

En 2015, con más de 90 años, se vino a vivir a la casa de mi mamá en Santiago. Ya no podía estar sola en el sur. Mi mamá, que trabajaba, la cuidó durante años. Cuando llegó la pandemia en 2020, mi mamá dejó su trabajo para dedicarse completamente a ella.

Y yo, sin haberlo planeado, me fui a vivir a dos casas de distancia. "Por si pasa algo", me dije. Pasaron muchas cosas: caídas, COVID, resfríos, noches eternas de preocupación.

Lo que no sabía entonces es que esos tres últimos años junto a ella serían un regalo que no todos reciben.

El rostro que no sonreía

Mi abuela siempre tenía el ceño fruncido. Un rostro serio, casi enojado, que la hacía diferente a esas abuelas de películas que sonríen todo el tiempo.

Pero ¿cómo pedirle que sonriera a alguien que vió partir de este mundo a seis de sus ocho hijos? ¿A alguien que quedó viuda con una bebé de dos años? ¿A alguien que vivió una vida de campo tan dura que nunca pudo ir al colegio?

Su ceño fruncido no era enojo con nosotras. Era el peso de una vida que exigió demasiado.

Y aun así, logramos sentir su cariño. No en abrazos o palabras dulces, sino en su presencia constante, en los "engañitos" que nos traía, en su forma particular de preocuparse.

A veces el amor no viene envuelto en sonrisas y ternura. A veces viene con un ceño fruncido y manos trabajadas por décadas de esfuerzo.

"Si ustedes saben leer..."

Hay frases que se quedan grabadas para siempre. Mi abuela tenía varias, pero una en particular me persigue desde siempre:

"Yo no sé por qué ustedes no leen, si saben leer."

Y también: "No sé cómo no se van a atrever a ir a algún lugar si saben leer. Yo no sé leer y llego a todos lados."

Ella, que nunca pudo descifrar un cartel, una carta, un menú, navegó el mundo con una valentía que yo, con todos mis títulos y diplomas, a veces no tengo.

Cuando tengo miedo de lanzar un producto nuevo, cuando dudo si Nálbiko va por buen camino, cuando siento que no soy suficiente, escucho su voz: "Si tú sabes leer..."

Como si dijera: "Tienes todas las herramientas que yo nunca tuve, ¿por qué dudas?"

Los últimos días que nunca son suficientes

Los últimos meses de mi abuela fueron de apagarse lentamente. Como una vela que se consume hasta el final, sin dramatismos, sin gritos, solo con el cansancio profundo de quien ha vivido más de un siglo.

Estuvo siempre en casa, en su cama, con mi mamá a su lado.

Cuando murió, estuve ahí. Pude estar ahí.

Y esto solo fue posible porque Nálbiko, con todos sus desafíos y dificultades, nos da algo que un trabajo tradicional jamás nos habría dado: flexibilidad para estar presente cuando alguien que amas te necesita.

No es glamoroso. No es "libertad financiera" ni "horarios flexibles para viajar". Es poder correr al hospital a las 10 AM sin tener que pedirle permiso a nadie. Es poder parar de trabajar tres días cuando la situación lo requiere. Es poder acompañar los últimos respiros de alguien que te vio nacer.

Ese es el privilegio real del emprendimiento que nadie menciona en Instagram.

Lo que nadie te dice sobre el duelo

Todos te dicen: "Prepárate, no le queda mucho tiempo."

Como si prepararse fuera posible. Como si hubiera una forma de entrenar tu corazón para el momento en que alguien deja de estar.

Mi abuela tenía 102 años. Su muerte era esperada, "natural", parte del ciclo de la vida. Y aun así, cuando llegó, no estaba preparada.

Lo que nadie me dijo:

Que el duelo no es lineal. Hay días donde estás bien, funcional, trabajando, riendo. Y de repente, un olor, una frase, un momento cualquiera, y el dolor te golpea como si hubiera pasado ayer.

Que las fechas "importantes" duelen menos que los momentos cotidianos. Su cumpleaños fue difícil... Mi cumpleaños sin ella... La primera Navidad dolió. Pero ¿sabes qué fue peor? Entrar a la casa de mi mamá y, por un segundo, olvidar que ya no está. Subir las escaleras hacia su pieza por costumbre. Buscarla con la mirada.

Que las frases más simples son las que más extrañas. No consejos profundos o palabras sabias. Sino esas cosas irrelevantes que decía, esos comentarios cotidianos que ahora darías cualquier cosa por escuchar una vez más.

Que el trabajo no para. Nálbiko siguió necesitando atención. Los pedidos siguieron llegando. Los problemas siguieron apareciendo. No pudimos parar tanto como hubiéramos querido. 

El libro que me ayudó (o al menos me acompañó)

Este año leí "La ridícula idea de no volver a verte" de Rosa Montero, y hay algo que me marcó de sus palabras:

"Uno es la suma de todos sus muertos. Uno nunca vuelve a ser el mismo luego de una muerte importante."

Eso es lo que nadie te dice: que no volverás a ser quien eras. No vuelves a ver la vida de la misma forma. Que algo se quiebra y, aunque sanes, ahí queda. Que cargarás a tus muertos contigo para siempre.

Mi abuela ahora vive en mí de formas que no esperaba. En atreverme a hacer cosas cuando tengo muchas dudas. Cuando quiero rendirme. En mi capacidad de seguir adelante incluso cuando el camino se ve imposible.

Ella, que sobrevivió a tanto con tan poco, me enseñó que yo también puedo.

El 14 de febrero que viene

El próximo 14 de febrero marca un año sin ella. Justo el día del amor, como si el universo quisiera recordarnos que el amor y la pérdida son inseparables.

No vamos a hacer algo triste o muy serio. Vamos a preparar una comida con cosas que a ella le gustaban: galletas obleas, mate. Habrá vino, aunque nadie en mi familia bebe alcohol, porque a ella le gustaba su copita de vino.

Porque eso es lo que he aprendido este año: que honrar a alguien no es solo en las fechas importantes o los grandes gestos. Es en los pequeños rituales, en las frases que repetimos, en las decisiones que tomamos pensando en lo que nos enseñaron.

Lo que el duelo me enseñó sobre "soltar" 

Soltar no significa olvidar. Soltar no significa que deja de doler.

Soltar para mi significa aprender a vivir con el vacío. Significa dejar que los recuerdos te visiten sin que te paralicen. Significa honrar lo que fue sin aferrarte a lo que ya no puede ser.

Mi abuela ya no está físicamente. Pero cuando tengo miedo y me acuerdo de su frase "si tú sabes leer...", ella está ahí. Cuando insisto con Nálbiko a pesar de todos los obstáculos, ella está ahí. Cuando elijo atreverme por sobre la comodidad, ella está ahí.

No la solté. Solo aprendí a llevarla de otra forma.

Para ti, que también estás aprendiendo del duelo

No hay una forma correcta de hacer el duelo. Si lloras todos los días, está bien. Si hay días que no lloras, también está bien. Si te ríes en medio del funeral, está bien. Si tardas años en "superarlo", está bien.

No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Puedes trabajar y al mismo tiempo estar destruida por dentro. Puedes funcionar y estar rota. No son contradictorios.

Las fechas son difíciles, pero los momentos cotidianos duelen más. Y eso es normal. El duelo no viene solo en aniversarios, viene cuando menos lo esperas.

Está bien crear tus propios rituales. No tienen que ser solemnes o tradicionales. Pueden ser sus comidas favoritas, visitar lugares que le gustaban, o simplemente hablar con ellos en voz alta cuando los extrañas.

Nunca volverás a ser quien eras antes. Cargarás a tus muertos contigo, y eso es normal y nos hace mas humanos.

El privilegio que no esperaba

El emprendimiento, con todos sus desafíos, me dio el regalo más grande que pude recibir.

Me dio tiempo. Tiempo para estar presente. Tiempo para cuidarla. Tiempo para acompañarla en sus últimos días. Tiempo para no arrepentirme.

Muchas personas no tienen ese privilegio. Tienen que trabajar hasta el último momento, tienen que pedir permisos, tienen que elegir entre estar presentes o mantener su trabajo.

Yo pude estar ahí. Y aunque el dolor de su pérdida es inmenso, no tengo el dolor adicional del "hubiera querido estar".

Por eso, aunque Nálbiko a veces se siente como una montaña imposible de escalar, aunque hay meses donde no sabemos si podremos continuar, aunque los cinco productos que queríamos lanzar el 2025 siguen sin salir... sigo eligiendo esto.

Porque me permitió estar presente en el momento más importante. Y eso no tiene precio.

Un año después

En unos días será 14 de febrero de 2026. Un año exacto sin mi nanita.

No sé cómo me voy a sentir ese día. Tal vez llore todo el día. Tal vez esté sorprendentemente tranquila. Tal vez oscile entre ambas cosas.

Lo que sí sé es esto: ella sigue aquí. En cada vez que me atrevo a hacer algo que me da miedo. En cada vez que persevero cuando sería más fácil rendirme. En cada vez que recuerdo que tengo herramientas que ella nunca tuvo, y que no puedo desperdiciarlas.

Y tal vez eso es lo más cercano a "soltar" que llegaré: no olvidarla, no dejar de extrañarla, pero sí permitirme seguir viviendo. Permitirme reír sin culpa. Permitirme construir cosas nuevas. Permitirme ser feliz a pesar de su ausencia.

Porque ella, que sobrevivió a tanto y aun así siguió levantándose cada mañana por décadas, no querría que yo me quedara atrapada en el dolor.

Ella, que con su ceño fruncido y sus manos arrugadas, me enseñó sobre la fuerza silenciosa, querría que yo siguiera adelante.

Con amor y un ceño fruncido heredado, Kathy 

Un año sin ella: El día que el amor se llevó todo ❤️‍🩹
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